Un Sur un tanto distinto. Tailandia.

 

Cuando uno nombra el sur de Tailandia sus interlocutores entienden casi instantáneamente que uno se está refiriendo a las islas y playas paradisíacas. En los grupos de Facebook de viajeros por Tailandia el 90% de las preguntas son referidas a cómo llegar a las islas, o qué playa es la más recomendada en una zona.

Como ya habíamos estado en lugares de playa en otros países, y además de que no somos muy adeptos a las mismas, decidimos hacer un recorrido “por rutas secundarias” en el Sur de Tailandia. Nos animamos a ir a esos lugares “donde no hay nada para ver” y vimos más de lo que pretendíamos.

Trang

Cruzamos a dedo desde Malasia hasta la primer ciudad de Tailandia, donde el conductor nos dejó, a pesar de nuestras negativas, en la estación de buses. Ahí un conductor muy malarreado nos hizo, sin dudarlo, cambiar nuestro plan al plan original de seguir viaje haciendo dedo.
Caminamos unas cuadras por el pueblo -una hermosa bienvenida a Tailandia entre sonrisas y calor- hasta el punto donde nos detuvimos a hacer dedo. Se nos sumó un español que viajaría con nosotros en la caja de una camioneta hasta Hat Yai, donde nos separamos y nosotros hicimos noche.

De ésta ciudad nos fue más fácil y barato tomarnos un tren hasta un pueblo desde donde hicimos dedo. Primero nos levantó una señora que a pesar de que en Tailandés yo le decía que no entendíamos, ella seguía insistiendo en hablarnos en Tailandés. Nos dejó en la ruta donde nos levantó una señora que hablaba muy bien inglés y con ella viajamos hasta Trang.

A Trang llegamos de noche, y como la señora que nos había levantado en la ruta no conocía el camino no se animó a llevarnos hasta el centro y nos dejó en la entrada de la ciudad. Caminamos 4 kilómetros con las mochilas al hombro con sus -nada más ni nada menos- 12 y 15 kg cada una, buscando hotel lindo, bonito y barato.
Un hotel que tiene la recepción a simple vista, sin puertas ni ventanas que separen de la calle, ya promete bueno. Todo construido en madera, angosto y alto, prometía ser un hotel pocas estrellas y por lo tanto, poco costo. Pedimos cuarto con ventilador porque es más económico y no nos gusta el aire acondicionado. El dueño/recepcionista nos acompaña hasta nuestro cuarto, un cuarto simple, con dos camas, espacio para las mochilas y mi desorden y un escritorio para apoyar las cosas, con baño privado, del estilo que te podes sentar en el inodoro y ducharte al mismo tiempo, pero con un poco más de espacio. Nos encantó.

En Trang nos animamos nuevamente a las motos, alquilamos una y salimos a pasear. Lo hermoso de andar en moto es que te permite alejarte de las carreteras principales, ir a tu ritmo e ir observando el paisaje, la gente y su andar. Te sentís uno más del barrio.
En la ciudad de cemento y asfalto anduvimos más de noche, comiendo en los mercados nocturnos, en el del centro donde los tolditos se arman y desarman cada día, y en el de los “containers” un mercado fijo, con puestitos de comida, y restaurantes, bares y cafés construídos en containers.

En los alrededores de Trang visitamos playas desiertas pero bellas, y bosques entre los gritos de los tailandeses y los cantos de las aves que no se dejaron ver. Igualmente a Trang habíamos ido por otra cosa.

Koh Muk

Desde Trang viajamos hasta la islita de Koh Muk, un tramo en camioneta  que nos llevó desde la ciudad hasta el puerto, y el tramo final hasta la isla en barco (obvio, no?).
El barco que nos llevó era muy local, con la proa bien alta, con la madera despintada y con un motor que nos llevó con una lentitud que nos permitió disfrutar del paisaje.
En el barco íbamos nosotros dos, dos españolas y el resto eran personas que vivían en la isla, que viajaban con sus enormes cargas (creo que por eso es que viajamos tan lento).

El puerto estaba en un río de color marrón, que se fue tornando color verde a medida que nos íbamos metiendo al mar. La zona por la que íbamos era un bajo de arena, que unía la costa de la península con la isla, podíamos ver las sombras de los corales y las algas del fondo, en contraste con el verde turquesa de las zonas de arena.
A pesar del constante y ensordecedor ruido del motor, era una hermosa sensación estar navegando lentamente esas aguas y poder ver en los alrededores las islas de formaciones cársticas.
En esa misma zona, al regresar, Marce fue tan suertudo que vio un dugongo. Busquenlo. Lo van a amar.

En la isla habíamos alquilado el cuarto más económico que habíamos conseguido: una carpa con colchón, y ventilador. A pesar de ser lo más económico nos fueron a buscar hasta el puerto y nos llevaron en una moto con un carro adosado –una especie de sidecar económico- hasta el hotel, que quedaba del otro lado de la isla.

La islita fue un paraíso. Los bosques vestían las rutas –lo suficientemente anchas para que pasaran dos de estas motos-, las aves amenizaban el silencio y el mar a pocos metros de nuestro hospedaje, bañaba las costas de arenas blancas.
Es una isla donde el desarrollo turístico todavía es mínimo, no hay mucha oferta de restaurantes ni de hoteles, pero hay mucha naturaleza, paz y relax, además de pocos turistas.

Nos entretuvimos caminando hasta el puerto, visitando los puestos que nos encontramos en el camino de comidas, frutas y jugos; y charlando con los lugareños haciendo señas, con los ojos, y con la sonrisa, ya que no todos hablan inglés.
También caminamos por las otras playas (solo para descubrir que la nuestra era la más linda).

El último alquilamos un kayak y salimos a recorrer un poco la costa. A medida que nos alejábamos de las playas, empezamos a ver más rocas hasta que nos encontramos bordeando unos paredones inmensos que rascaban los cielos y se hundían en las profundidades. Debo aclarar que tuve un poco de miedo. En el camino  y todavía sobre el kayak pudimos ingresar en una caverna, pero como después se volvía super oscura y nuestras linternas no iluminaban tanto como el sol (sí, soy re cagona, lo admito) decidimos pegar la vuelta y seguir navegando por el mar donde el sol ilumina todo.
En una playita no tan desolada -porque había más gente de lo que esperábamos- sacamos el kayak del agua, y nos dimos un chapuzón, hicimos un poco de snorkeling y volvimos hasta nuestras cosas justo para ahuyentar a un mono que merodeaba nuestra mochila.
Al volver, Marce tuvo tanta suerte (por no decir otra cosa) que vio una manta raya saltar fuera del agua.

 

Surat Thani

Sin querer irnos pero tampoco quedarnos toda la vida, retomamos el pulso viajero y salimos con mochilas al hombro a seguir recorriendo. Llegamos a Surat Thani después de un viaje en tren. Ciudad que muchos usan de puente ya que desde allí salen las embarcaciones para visitar las islas del Este. Nosotros nos habíamos contactado con Snow, una chica que nos permitió quedarnos con ella y sus padres en su casa.
Esto nos permitió ver de cerca otra cara de Tailandia que veíamos, pero no habíamos sido partícipes.
Los padres de Snow son maestros. La madre al recibirse, el Rey Rama IX le entregó su diploma. Cuando el padre se recibió fue el Príncipe (hoy Rey de Tailandia) quien le entregó su diploma. Ser maestro es un honor en estas tierras. Y por el estilo de vida que llevan se nota que no está mal pago.
Su casa queda en el centro de la ciudad en un barrio privado. Una casa de dos pisos, de material, con aire acondicionado en cada cuarto, dos baños estilo occidental, living, comedor, cocina (en el patio).
En Tailandia tener un vehículo requiere de pagar un impuesto del 300%. Así y todo, ellos tienen dos autos y una moto.
Gracias a Snow y a su padre, director de una escuela rural, fuimos a visitar la escuela y pasamos la mañana disfrutando con los niños y hablando con ellos en inglés. Fuimos presentados como los maestros de inglés, pero eso lo contaré en otro relato.

Bang Krut

El tren nos dejó en el centro del pueblo, a un kilómetro de la playa y de nuestro hospedaje. Empezamos a caminar evitando a los tuk-tukeros (taxi/motos) que siempre te empiezan a gritar desde lejos apenas entrás en su campo de visión, y esta vez, no nos gritaron si necesitábamos un tuk-tuk, solo uno atinó a preguntarnos si caminaríamos. La pregunta correcta para nosotros, pero no para su negocio. Fue raro, pero lo apreciamos.
Caminamos un poco entre casas de dos pisos y de madera, viejas y desteñidas por el sol. Al doblar para ir hacia la playa, la calle se hizo más amplia y los árboles se abrieron lugar entre los edificios. Ban Krut ya nos estaba gustando.
En el camino, una camioneta frena, nos pregunta a donde vamos, le decimos y nos invita a acercarnos. Aceptamos. En menos de 3 minutos estábamos frente a un mar tranquilo pero bravo, con fuerza. Sus olas rompían en la costa, amenizando el ambiente durante todo el día y toda la noche.
Este pueblito perdido del radar turístico es el pueblo donde viajan los jubilados del mundo. No vimos otra pareja joven. Todos los turistas sumaban más años que Mirtha Legrand y Susana Gimenez.
A nosotros no nos importó. Vagamos en bicicleta por las playas, disfrutamos del sol y mucho más de las sombras. Visitamos el templo budista sobre la colina, un despropósito de templo comparado con la población de los alrededores, pero quién soy yo para juzgar la palabra de Buda.
Irnos del pueblo simpaticón/centro de jubilados nos daba pena, por tener que dejar la tranquilidad de ensueño atrás, pero teníamos tiempo para visitar otras playas, así que continuamos viaje.

Prachuap Khiri Khan

La llegada fue similar. Nos bajamos del tren y comenzamos a caminar, sin acoso tuk-tukero.
La calle donde estaba nuestro hotel era como de otro tiempo. Las casas que daban a la calle, todas de madera -algunas pintadas, otras con sus maderas teñidas por el sol- nos hacían sentir que estábamos en otra época.
El resto del pueblo, no era tan pueblo, había tráfico, ruido y mucha vida.

Este pueblo/ciudad está ubicado en una bahía, rodeada por algunos peñones que sobresalen entre tanta planicie.
Para acceder a la playa del pueblo tuvimos que ingresar al territorio del Ejército y registrarnos. Quisimos pasear por el barrio militar, pero los militares no nos dejaron; así que solo fuimos a tomar un poco de sol y a darnos el último chapuzón en el mar, hasta quién sabe cuándo.

Durante los días que nos quedamos (y después también) hubo un festival durante el cual pudimos ver cómo las calles principales frente al mar se poblaban de puestos de comida, ropa, accesorios, muebles, hamacas de madera, uno al lado del otro por cuadras y cuadras. La cruz roja hacía sorteos en un escenario y esa era la razón por la que veíamos tanta gente andando en bicis envueltas en plástico y cartones. Pudimos ver los puestos de “insectos” donde venden cucarachas chicas y grandes, grillos chicos y grandes, orugas gordas y flacas, todos tostados y listos para comer, como si fueran caramelos. No, no probamos.


Darnos el lujo de no visitar los lugares que “debes visitar si venis a Tailandia”, fue un placer. Nos demostró que no es necesario hacer lo que mil guías viajeras dicen, lo que mil personas recomiendan, para visitar lugares lindos y conocer una cultura.
Intuíamos que si íbamos a los lugares más conocidos sería un viaje distinto, uno donde estaríamos en menos contacto con la verdadera Tailandia.
Viajando de esta manera y por estos lugares  nos animamos y nos permitimos verle otra cara a esta belleza Asiática, y sí que valió la pena. En ningún momento nos arrepentimos de haber elegido este camino y habernos permitido estar más cerca de Tailandia y de su gente.

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