Mi historia de desamor con Filipinas

Nunca escribí tanto sobre un país en mi cuaderno viajero. Filipinas ha ocupado más hojas en mi cuaderno de tapa negra, que muchos otros países de los que hemos visitado en toda la colección de cuadernos que tengo. Es que además de escribir lo que iba viviendo a medida que iba sucediendo, al irnos de Filipinas, traté varias veces de escribir “el trabajo final” del país. Filipinas fue tan complicada con nosotros, que necesitaba entender mi apatía.

Todo empezó cuando al querer solicitar la visa de 2 meses en la embajada en Kuala Lumpur perdimos 3 días con idas y vueltas, y horas de espera y angustia, hasta que decidimos no solicitar nada la visa, ingresar con la visa de arribo con la cual nos permiten estar en el país por 30 días,  y llegado el momento ver de extendelar en el país o seguir viaje con otro rumbo… si Filipinas nos quería por poco tiempo, poco tiempo la íbamos a visitar.

A nosotros que nos gusta movernos entre pueblos perdidos en el mapa, o ir a lugares con atractivos que la masa turística no conoce, Filipinas nos complicó la vida. Sus rutas son eternas y, sus buses y vans frenan tantas veces como un bus urbano, porque al no haber paradas delimitadas la gente está desperdigada esperando a lo largo de la ruta, y el vehículo debe frenar a cada pasajero -para que suba o baje-, por momentos en menos de 50 metros frenaba 2 o 3 veces, porque además de estar acostumbrados a que el bus les frene en frente los Filipinos no caminan ni 3 pasos. Cada día de viaje, era un día perdido.
Los cruces de islas los hicimos todos en ferrys, de carga y de pasajeros. A pesar de su lentitud, adoramos los de carga, con sus espacios amplios y sus asientos afuera, donde el viento refresca las ideas (también tienen salas con asientos y aire acondicionado). En los de pasajeros te sentís como un animal, todos apiñados en esos asientos del estilo playero, en filas donde los extranjeros no entramos, y con un calor sofocante (no abren las ventanas porque el barco al ir tan rápido salpica para todos lados).

El Filipino es sucio, y me parte el alma. Viven en un lugarcito del mundo que tenía todo el potencial de ser un lugar increíble, y se esfumó con su mugre. En Asia aman el plástico: comprás pan dulce (porque acá el pan salado no existe) y te lo ponen en una bolsita que atan y esta la ponen en otra bolsita con manijas. El café que pedís para llevar, te lo sirven en el vaso de plástico grande y como parece que les es muy difícil llevarlo como las manos están acostumbradas a hacerlo, le ponen un plástico que sujeta el vaso y te provee de dos manijas para que lo lleves colgando a donde quieras, como una bolsa sin bolsa(¿?). Las galletas dulces que comprás en el kiosko, vienen en un paquete normal, pero cuando lo abrís, seguro que las galles están subdivididas en mini paquetes de 3 ó 4 galletitas, cada uno envuelto individualmente. Así, con todo.
Cuando terminan de consumir algo, sea donde sea, la basura generada no se guarda en el bolsillo, se tira al suelo, o peor, muchas veces al agua.
Hemos visitado poblaciones donde la costa principal del pueblo no se veía debajo de toda la basura que la cubría, y para subirnos a un barco tuvimos que caminar por ahí. “Mucha basura llega con las corrientes” me dijeron muchas veces, y lo sé, pero uno ve la diferencia de la basura de acá, con la que llegó flotando de quién sabe dónde. Eso sí, las playas más turísticas, una maravilla de limpieza.

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La basura que flota por los Océanos
White Beach, Boracay
White Beach, Boracay, una de las playas mas famosas de Filipinas.
 Islas de Gigantes.
Haciendo el tour por las islas cercanas a la Islas de Gigantes.

Personalmente me costó muchísimo alimentarme bien cuando comíamos afuera. Los comederos que siempre elegimos para comer tienen una variedad de comidas en ollas de las cuales se puede elegir distintos platos para acompañar el arroz blanco más insulso. En mi caso muchísimas veces me tuve que conformar con el famoso chop-suey (verduras salteadas en el wok), y muy rara vez pude elegir algo con berenjenas, o lady-fingers o hasta algunas chauchas, o mi favorito: espinaca de agua con ajo. Me pasó muchas veces de preguntar por el plato que fuera solo de verduras, me señalaban uno e inmediatamente les preguntaba “tiene pescado?” a lo que respondían “si” con la cara de que estaba preguntando lo más obvio. No saben lo que es comer SOLO verduras. No lo entienden.
Imaginense estar 1 mes (porque el otro mes convivimos con nuestro amigo Karim y ahí cocinamos lo que nos apetecía) comiendo siempre lo mismo. Hubo veces en que mi comida consistió solamente de arroz blanco que teñía de negro con la salsa de soja, y si por ahí había alguna verdulería cerca, le compraba unos tomates y lista la cena. Algunas cenas mías fueron sólo vasitos de noodles instantáneos, sabor a pollo porque no existen los de verdura. Tal es así, que en la última semana me enfermé como hacía años no me enfermaba, tuve fiebre por 3 días, y me costó recuperarme una semana, y obviamente fue por la mala alimentación.

Uno de los comederos. Ollas con platos para elegir.
Uno de los comederos. Ollas con platos para elegir.

Mi amor por los animales se vio una vez más destrozado al ver el maltrato que sufren en Filipinas. Las peleas de gallos son legales, hay criaderos de gallos por doquier, y no hay casa que no tenga gallos de riña, lo horrible además de las peleas que me parece lo más prehistórico y desagradable, es que a los gallos los tienen siempre atados con una cuerdita que solo les permite alejarse de su perchero por unos 50cm, y que les da lugar a saltar a la percha y ahí quedarse todo el día. Lo mismo pasa con los perros. Siempre están atados con la soga, cadena casi tirante que solo les da lugar a echarse sin moverse ni correr. Los cerdos tienen un poco más de libertad pero porque las sogas son un poco más largas. Es terrible.

Criadero de gallos de riña. Uno de los más limpios, verdes y alejados de la ciudad.
Criadero de gallos de riña. Uno de los más limpios, verdes y alejados de la ciudad.

Antes de ir a Filipinas, ya teníamos amigos oriundos de allá, y son lo más simpáticos, reidores, hospitalarios y generosos. Me fui con esa imagen, y aunque se que hay gente en esas islas que son como nuestros amigos, no son todos iguales. Costó sacar sonrisas al caminar por las calles. Nos miraban (observaban sin disimulo alguno) hasta los que estaban dormidos. Cuando íbamos a comprar algo, nos parabamos frente al vendedor que cuando nos veía, se ponía blanco y desaparecía. Tenía que venir alguien que se animara a hablar en inglés con nosotros, como si por hablar mal le fuésemos a cortar la cabeza. Las primeras veces uno se ríe, después empieza a joder, y ya después duele. Te sentís una especie de mountruo. Con los niños te sentís un animal de zoológico, su juego es gritarte hasta el hartazgo “hello”, si le respondes a uno se siente orgulloso de que le respondiste, y ahí empieza el de al lado, que se da cuenta que no fue tan difícil lograr que el foráneo respondiera. Los hombres te gritan “hello Joe” manerismo que les quedó de sus épocas “compartidas” con los Estadounidense que habitaron sus tierras durante la Segunda Guerra Mundial. No entienden que no todos somos de allá, para ellos si sos de afuera, sos yankee.
Si sos de afuera, sos una billetera caminando. Tenes plata para andar en helicóptero bajo el agua si quisieras. Cuando queríamos hacer algo y el precio era muy alto, les pedíamos rebaja diciéndole que no nos alcanzaba, y se nos reían en la cara.

Lo que Filipinas nos regaló.

Pero Filipinas tiene cosas buenas, no? Y si, capaz en algún momento este sabor amargo se me olvide y solo recuerde los momentos hermosos que me regaló, las tantas primeras veces que tuvimos en Filipinas.

Por invitación de Marhila, nuestra compañera de trabajo en el desierto de Australia, pasamos navidad con ella y su familia en la ciudad de Bácolod. Fue especial y diferente. No se sintió como estar con la familia, pero nos sentimos muy bien recibidos. A pesar de ser una familia humilde y de ser Marhila quien se hace cargo de la familia a la distancia, nos abrieron las puertas de su casa y comimos y tomamos hasta el cansancio, aunque en realidad estábamos super cansados de haber estado viajando desde muy temprano ése mismo día, que con poco de comer y tomar ya estábamos más que alegres.

Este párrafo debería ser un capítulo a parte y se llamaría “nuestra vida persiguiendo a Karim”. A este personaje español lo conocimos en nuestro viaje por algunos países de Sudamérica. Casi por casualidad lo encontramos 3 años después viviendo en una isla de Camboya, hicimos el curso de buceo, y festejamos el fin del 2015 con él. Una vez más nos encontraríamos, ahora en su nuevo lugar de residencia (Alona Beach, Filipinas), para festejar el fin del 2016 con él y su banda amiga, que nos acogieron por un mes, conviviendo con Karim y pasándola divinamente en las playas de Alona. Nos llevamos muchos momentos de risas y charlas con gente linda en éste pequeño lugar.

En la isla de Mindoro, habíamos ido de una forma muy bizarra a una isla cercana para hacer snorkel. Bizarro fue porque nos tomamos el barco que oficiaba de “bus” por el arroyo, que dejó su hora de servicio para llevarnos a nosotros hasta la isla (obviamente porque le convenía monetariamente, no por ser hospitalario). Nunca habíamos viajado tan lento y tan ruidosamente.
En la isla estábamos solos, y fue ahí donde Filipinas nos regaló la primera vez de hacer snorkel los dos solos con una tortuga marina inmensa que pastaba muy tranquila en el fondo de esos 3 metros de profundidad. La observamos salir a superficie, cuando sacó la cabeza para respirar también lo hicimos nosotros para poder verla y escucharla respirar, y cuando se volvió a sumergir la miramos un rato más y seguimos camino. Fue uno de los mejores momentos.

Tuvimos también las primeras veces de ver: serpientes marinas, nudibranquios de colores exquisitos, de ver cardúmenes de peces tan minúsculos que parecían arena, estrellas marinas de distintos tamaños, formas y colores; corales tan vivos y llenos de peces como nunca habíamos visto.

Después de semanas de estar en lo de Karim, decidimos por fin hacer un buceo con él un día que estaba desocupado. Preparamos el equipo y salimos en el bote hacia una pared cercana a la playa. Ibamos en camino y el capitán hace señas como que ve algo. “Sí, delfines” digo yo, había visto una aleta y fue lo primero que se me cruzó por la cabeza. Fuimos a ver y Karim se zambulló a ver qué era, con su traje de neopreno y su máscara. Se veía su cabeza ir y venir en distintas direcciones, nadar para acá, un poco para allá, y cuando saca la cabeza grita “Tiburón balleeeena”. Dejamos el equipo de buceo en el barco y al agua. No había buena visibilidad pero cuando ese bicho me pasó a unos metros, me quedé helada, me di cuenta del tamaño inmenso que tenía, cuando al seguir camino, me acerque a su cola propulsora y me impresionó que debía medir más de metro y medio de largo. Y así como lo vimos, desapareció en las aguas azules. Que si fue increíble? Naah, mucho más que eso. Vimos al pez más grande del mundo con nuestro gran amigo e instructor de buceo, Karim, qué mejor recuerdo pretendes? El buceo que hicimos después estuvo bueno, pero nada se comparó con ésos momentos viendo el tiburón ballena.

Filipinas también nos regaló la primera vez de ir de vacaciones con Karim a una isla de por ahí cerca por 4 días, durante los cuales no paró de llover, así que pasamos los días comiendo, bebiendo y jugando a las cartas. Eso sí, el último día le dimos la vuelta a la isla en moto, qué manera de mojarnos y reírnos.

Piratas Alona
Con el grupo de Piratas, la banda que nos recibió junto a Karim en Alona.
Instructor de buceo
Previa a la salida de buceo con Karim. Este día vimos el Tiburón ballena.

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Filipinas tiene pan, que para nosotros es una de las mejores noticias que nos pueden dar al ingresar a un país, el problema es que es dulce, no importa si tiene queso, aire o atún, la masa es dulce. Preguntás -“sugar?” -“no, no sugar” te responden, y es más dulce que un cañoncito relleno de dulce de leche. Pero bueno, esos panes nos salvaron las tardes y las mañanas.

Amamos tomar los colectivos urbanos, que no son para nada normales. Son jeeps que quedaron como “souvenir” de la visita de EEUU por la Segunda Guerra Mundial. Los Filipinos modificaron su forma, los pintaron de colores y ahora son el vehículo distintivo del país.
Para subirse es difícil, sobretodo para nosotros que somos altos, pero una vez encontrás tu lugar en el asiento, el viaje se hace llevadero. A veces hay un cobrador a quien se le paga, otras se le paga al conductor, y en ese caso, el que está lejos y tiene que pagar, el dinero va de mano en mano hasta el conductor y el vuelto hace el mismo recorrido a la inversa. Nadie se queda con nada que no le corresponde.

Jeepneys
Jeepneys
Barco de pasajeros
Barco de pasajeros

Lo mejor eran las conversaciones. En la verdulería, señalábamos algo “Amiga, pila?” (cuánto?) y en inglés nos respondía el precio. Si estaba muy alto le regateábamos un poco el precio diciéndole cuánto queríamos pagar, en español “cinco pisos, amiga”, y se morían de la risa, pensando que hablábamos tagalog, el idioma que hablan en todas las islas.
Palabras que usamos igual: los números, los días de la semana, amiga/o, barato, trabajo, puerta, cuchillo, cuchara, tenedor, “como está?”, respeto, pasajero, y la mejor con la que si hay confianza les decís que significa lo mismo por casa es “puta”, y se mueren de la risa.

En una isla perdida, donde el hospedaje te vendía la cena a precios exorbitantes, nos hicimos amigos de la panadera Nori, una señora que tenía una chocita hecha de caña de bambú y techo de paja (como la gran mayoría de las casas), donde vendía los panes dulces -que traían de la isla más grande- y bolsas de carbón. Compartimos charlas, y sonrisas, nos invitó a tomar café en su tienda/casa una mañana que lloviznaba, se preocupó de encontrarnos un bote a buen precio para hacer una excursión por otras islas, y también se preocupó cuando nos íbamos porque estaba pronosticado un tifón para esa noche. Qué hermosa sonrisa tenía Nori.

Islas de Gigantes.
Nori y su marido, Islas de Gigantes.

Creo que a medida que pasan los días, mi resentimiento con Filipinas va desapareciendo. Pero ha de ser un proceso. Y estoy segura, que por mucho tiempo, no querré volver. Pero, mas alla de todo, gracias Filipinas, por reencontrarnos con Marhila y con Karim, por dejarnos ver de la forma mas libre a un tiburón ballena que pasaba por ahí, y a esa enorme tortuga pastando, y cada tanto, ponernos en el camino a gente tan hermosa como a Nori y su marido.

 

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