La india escondida.

La última semana en India fue como estar de luna de miel con el país (nosotros dos siempre estamos de luna de miel – sumé puntos con eso, no?-). Nos tomamos el tiempo para  ir a una de las zonas menos habitadas de India, el territorio de Meghalaya, dejando atrás el ruido y el caos, por la naturaleza y la tranquilidad.

Lo mejor y más lindo que nos regaló India (ahora que lo vemos como un recuerdo y una cadena de lindas anécdotas) fue el transporte. Y sobre todo, los taxis compartidos. (vehículos del estilo Defender, donde mínimo suben 10 pasajeros, así que imaginense los placeres del viajar por India)

Para llegar a Meghalaya estuvimos esperando por una hora que el taxi que queríamos compartir, se llenara y nos llevara a la primer parada, donde tuvimos que bajarnos y caminar un rato preguntando a cada policía que veíamos en la calle, para dónde quedaba la estación de taxis compartidos para ir hacia Charapunjee, hasta que un joven que iba caminando nos acompañó hasta la tan esperada estación (si no hubiéramos tenido guía, no creo que hubiéramos llegado tan fácil). No había taxis para Charapunjee esperando para  llenarse , pero sí había gente esperando para subirse a los taxis. Recuerden que estábamos en India donde el orden de llegada, la fila, nada importa, el primero que llega, llega. Y así fue como vimos tres taxis llegar, la gente abalanzarse, codazos ir y venir hasta que se llenaban los asientos, y el taxi desaparecía sin dejar rastros.
Hasta que nos cansamos de esperar, y nos sumamos a la masa que se abalanzaba como si regalaran comida, y haciendo un poco de trampa, pudimos meter una de las 3 mochilas grandes, en el mini-baúl de éste taxi. Subimos a la última fila de asientos, donde Marce y Milo tenían cada uno una mochila en sus faldas, y además tuvimos que hacer lugar para que un hombre más se subiera con nosotros. Apretados era poco, pero el viaje fue de una hora y media, así que no importó tanto.
Charapunjee nos recibió de noche, preguntamos por hoteles y todos nos decían del mismo. Así fue que empezamos a caminar. Salimos del pueblo y la ruta se volvía oscura, pero nos habían dicho que era en este sentido. Íbamos disfrutando de la compañía, el cansancio con el peso de la mochila, y las estrellas que nos alumbraban muy poco el camino, cuando pasa un auto chiquitito, una especie de Clio, con 4 personas adentro. Frenan. “Los llevamos” nos dice uno de los pasajeros, que era un hombre que habíamos conocido en la estación donde la gente se abalanzaba a los vehículos y que habíamos abandonado en plena lucha por subirnos a un auto. “No entramos, gracias”. No solo eramos 3 personas, teníamos tres mochilas que ocupan mínimamente el mismo espacio que un humano. “Si, si, hacemos lugar” Se bajaron y se repartieron de manera diferente en los asientos. Adelante iba el conductor apretado en un costado, con otros tres sentados en la misma fila. Y atrás se había quedado nuestro “amigo”.  Una mochila entró en el baúl, Milo subió con la suya en la falda, me subí yo, Marce me tiró su mochila y se subió a upa mío. No podíamos cerrar la puerta. Así que Marce abrió la ventana de la puerta y sacó su cabeza, como los perros viajan en el auto, y ahí si pudimos cerrar la puerta. Apretados pero contentos, viajamos así unos kilómetros. Y a pesar de ellos tener que seguir viaje hasta la villa siguiente, se tomaron el tiempo de llevarnos hasta la puerta del hotel.
El hotel para lo que había sido India era caro, y los colchones lo mismo de todos lados, de 3 cm de alto hechos de paja, o quién sabé qué. Parecían de cemento. A la mañana siguiente el mismo dueño nos empezó a comentar qué cosas podíamos hacer por la zona. “Pueden ir al doble puente vivo, allá hay lugares donde pueden dormir” nos dijo. Cuando nos dejó para meditarlo, ya teníamos la mochila puesta, cuando hicimos el check-out nos miró con cara de ¿ya se van, no van a comer ni el desayuno? Todo era demasiado caro, así que no nos fuimos, huimos de allí.
En el camino pedimos un aventón al único vehículo que pasó cerca nuestro, y gracias a ellos nos ahorramos una caminata de media hora con la mochila en los hombros, bajo el sol. Nos fuimos a desayunar, y después de comprar provisiones en el mercado local, nos tomamos un taxi que nos llevó hasta el comienzo del camino que nos llevaba hasta el Doble Puente Vivo. Desde Charapunjee hasta ahí la mayoría del camino era en bajada, el taxista hizo la mayoría del viaje con el motor apagado (para ahorrar nafta) y lo prendía sólo cuando necesitaba pasar un lomo de burro, o cuando el camino era plano o en subida.

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El mercado local de Charapunjee
Disfrutando de los paisajes nocturnos de la no-civilización.
Disfrutando de los paisajes nocturnos de la no-civilización.

Para llegar al Doble Puente Vivo tuvimos que bajar unos 2400 escalones, en plena selva, con la sombra de los árboles pero el calor del sol y la humedad juntos. Una vez que llegamos al final de la escalera que bajamos, tuvimos que cruzar dos puentes colgantes, en uno de los cuales estuve a punto de tener un ataque de pánico, pero logré llegar al otro lado donde nos encontramos con el principio de la escalera que nos llevó hasta la villa. Unos 100 escalones más, hacia arriba.
Conseguimos una choza elevada de una sola habitación, con el baño afuera, y cerca había una canilla que tenía agua corriendo constantemente, ya que era agua del río que había cerca, muy importante para cepillarnos los dientes, lavarnos la cara y manos, y para juntar agua para el inodoro.
La villa eran unas casitas a las cuales se llegaba únicamente subiendo o bajando escaleras. Nada era plano. Estabamos en el medio la cara de una montaña bastante empinada. Entre las copas de los árboles de la selva, cada tanto se veía una chozita más. Más allá, a lo lejos, estaba la Iglesia católica. Hubo una noche que los vecinos se reunieron en la casita de al lado de la nuestra a rezar.
Nos quedamos 3 días acá. El silencio, la tranquilidad, y la pelea constante de ver qué gallo cantaba más alto o más seguido, nos convencieron que no había otro lugar en el que quisiéramos estar más que ahí.
Dos días nos fuimos a nadar a una de los Pozos Azules que se formaban en uno de los ríos, debajo del más largo de los puentes colgantes. El agua estaba fría, refrescante después de haber estado caminando en el calor húmedo de la selva. Y si después de un rato de estar en el agua nos daba frío, sólo bastaba con salir a lagartear sobre las rocas.
Irse de ahí fue doloroso. Dolió dejar la tranquilidad de ése rincón del mundo, sabiendo que nos dirigíamos a una de las ciudades más caóticas y calurosas de las que habíamos estamos en India; y dolió tener que subir los 2400 escalones con la mochila en los hombros. Una parejita que empezó atrás nuestro sin ningún equipaje, tardó una hora más que nosotros, así que tan mal no estamos.

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La villa por las noches
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Arriba, el puente colgante. Abajo, el pozo azul de río.
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Nuestra chozita.
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Uno de los puentes vivos. Sólo raíces.
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Las escaleras.
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La selva que nos rodeaba

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Después de haber llegado a la cima de las escaleras, tuvimos que caminar unos 15 minutos más, hasta la parada de taxis, donde no esperamos ni 2 minutos que llegó un taxi casi lleno, y como hacía calor, Milo y Marce decidieron ir en el techo del vehículo con otros pasajeros. Total, eran unos kilómetros nada más.

De Charapunjee a Guwahati tomamos dos taxis y llegamos con tiempo de hacer algunas compras en la calle, y después fuimos muy bien recibidos por una amiga de la familia de la boda, Shreya, que nos estaba esperando con té y sandwichitos. Después de charlar, un rato, comer la cena  y charlar otro rato más, llegó la hora de ir a la estación del tren. Shreya y su papá nos acompañaron, y después de muchos saludos, recomendaciones y de “cuando vuelvan a India se quedan con nosotros”, nos quedamos solos, pero rodeados de gente, en la estación de Guwahati.
Tomamos un tren directo hasta Kolkata. 18 horas en el tren. La vida de tren, da para otro post. En algún momento lo haré. Pero vale destacar que no fue un mal viaje. Teníamos nuestras camitas individuales, y nuestros libros para leer. La llegada a Kolkata fue caótica. Con el cansancio encima y las pocas pulgas de tener hambre, tuvimos que encontrar cerca un hotel, entre la marea de gente que entraba y salía constantemente de la estación del tren.
A pesar del caos, Kolkata nos permitió disfrutarla en las menos de 24 horas que teníamos libres antes de nuestro vuelo. Comimos las mejores comidas (de la calle), nos morimos de calor, y anduvimos en subte.

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De compras, con audiencia.
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Leyendo las noticias
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Collares de flores.
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Afiladooooor!
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Tránsito normal en Kolkata.

Definitivamente los indios son de otro mundo. Sus formas de vivir y de trasncurrir sus días, son dignos de ir a ver, a observar y entender (aunque sea un poco), y sus comidas, son para chuparse los dedos, porque además de que es riquísimo comer con las manos y de alguna manera hay que limpiárselas antes de lavárselas (qué linda imagen les dibujé, eh?), aunque almuerzan, cenan y desayunan lo mismo, sus comidas son riquísimas!

 

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2 thoughts on “La india escondida.

  1. Como andan compañeros cloncurreños 😉
    Me imagine cada momento!
    Muy lindo y acogedor relato!! Me muero lo solidarios que son para levantarlos en el auto aunque no entraran!
    Quería saber si estuvieron en tamil nadu, india. Voy para ahi en octubre.
    Saludos!!

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  2. Las escaleras y “los gemelos”… mamitaaa! 2400 escalones! una locura!
    India es increible, realmente sorprendente, por ser tan diferente, por ser tan agreste, natural, simple y complicada, tranquila y caotica… tan India, tan única.

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