Hogar Dulce Hogar

Desde que nacemos, sabemos o entendemos que nuestra vida en ésta tierra tiene principio y final, pero nunca sabremos cuándo llegara el final, y cuando llega es algo que debido a nuestra cultura y la forma en la que nos enseñan que la muerte existe, no logramos entender, ni aceptar.

Así como la muerte existe, también existen ésos momentos en lo que todo lo que te rodea puede cambiar rotundamente. Y así nos sucedió.


Teníamos un largo plan de viaje. El plan no era largo, lo que era largo era el tiempo que íbamos a estar lejos de casa. Y una simple llamada, nos cambió el plan, la cabeza, las ideas, y todo lo que soñábamos, se vio disminuido, guardado en una caja, y la caja puesta al final de nuestra lista de prioridades, ahora la prioridad era pasar los últimos días en Vietnam, tomar ése vuelo que ya teníamos programado para llegar a Bangkok y de ahí, en vez de aplicar a una visa para seguir nuestro camino, nuestra prioridad era volver a casa.

No fue simple en lo más mínimo y las aerolíneas no lo hicieron más simple tampoco. De los 4 vuelos que tuvimos que tomar para llegar a territorio chileno, 3 nos cancelaron, y los reprogramaron con 24 horas de diferencia, lo que hizo que nuestro viaje de una semana fuera casi de una semana y media (pero con tanto cambio de horario uno no lo nota, lo que nota es el cansancio físico y mental que todo ésto provoca). Por momentos el regreso se hizo largo y extenuante, sobretodo en las esperas al próximo vuelo, o entre cancelaciones y llamadas telefónicas; pero en los vuelos, las horas pasaban más rápido y se nos hicieron más cortos los vuelos, que al momento de ir en el sentido contrario, se nos habían hecho eternos.

Entre tanto cambio de país, debíamos contactarnos con nuestras familias, quienes no habían sido notificados de nuestro imprevisto regreso, y por lo tanto recibían mensajes que por tormentas eléctricas estábamos muy desconectados, que no se preocuparan, que estábamos más que bien.

Una vez arribados en Chile, nos tomamos un bus (cuánta comodidad! mejor que en el avión se viaja!) hasta Osorno, donde fuimos hospedados muy amablemente por una familia amiga, que no sólo nos dieron la bienvenida al continente, sino que nos llevaron a tomar unas buenas chelas artesanales.

De Osorno tomamos el último bus hasta Bariloche. La última hora de viaje, que va desde Villa La Angostura hasta casa, no paramos de sonreír y de volver a enamorarnos de ésos paisajes que innumerables veces vimos y que nunca dejan de sorprendernos y deleitarnos. El lago con su azul profundo, vigilado de cerca por las montañas adornadas por los bosques que al momento de nuestra llegada, en la zona baja estaban verdes, y en las zonas altas cambiando su color al rojo del otoño; y la isla victoria con sus recovecos y sus piedras blancas que nos hacen recordar tantos veranos y momentos vividos en ésas zonas con nuestros amigos y familia.

Llegamos a Bariloche. Nos bajamos del bus y con las mochilas en los hombros, comenzamos a caminar hacia la parada más cercana de buses urbanos, para que nos acercara a la casa de la familia de Marcelo. Ése recorrido que incontable veces realizamos los dos por separado, lo volvimos a vivir como si fuera la primera vez. Miramos cada cosita, desde los árboles y sus colores, los transeúntes, los vehículos, los pozos de la calzada, los locales nuevos, los viejos, los cerrados, los que se animaron a renovarse, los edificios nuevos, y todo con un sentimiento de nostalgia. Vale aclarar, era domingo.

La caminata de 3 cuadras hasta la casa de Marce fue una vorágine de sentimientos. Entramos sin querer hacer ruido, pero Pitún el perro de la casa, no nos reconocía y no nos dejaba pasar- Así que tuvimos que dialogar un rato con él hasta que nos cedió el paso y entramos a la casa.
Por suerte, a diferencia de todo lo que habíamos imaginado/soñado, el único que estaba era el Abuelo Guille, que tardó en entender que estábamos ahí con él. Y poco a poco, a medida que entraba la tarde, fuimos saludando a otros miembros de la familia. Hubo mucho llanto, muchas risas, y muchísimos abrazos. Llegar y que nadie sepa, tiene sus recompensas. Al día siguiente, fue el turno de espantar de la alegría a mi familia.

En la semana que tardamos en llegar desde Vietnam a Bariloche, pensamos que en menos de una semana habríamos ido a saludar a todos los seres que queríamos sorprender.

Nada más alejado de la realidad.

Llegar después de un viaje -no de vacaciones- de 2 años, no es tarea fácil. Las sensaciones vividas, las experiencias, y todo nuestro ser renovado, se choca con una realidad que hasta hace dos años era nuestra realidad, que en éstos dos años entendimos y aceptamos que no queremos vivir el resto de nuestras vidas en un lugar que no sea éste, dónde en ése preciso momento nos estábamos sintiendo tan extraños, intrusos en nuestro propio lugar, entre nuestra propia familia y amigos.

Sensación fea verse extraño en los ambientes que solían ser de uno. Sensaciones no gratas entre tanto revuelo de sentimientos. Sentir que uno está cerca de los que extrañó tanto, hace sonreír al alma, pero verse ajeno a todo lo que te rodea, te hace abrir los ojos desorbitadamente. Las charlas no ayudan. Tratar de contar lo que vivimos, vimos, en éste tiempo de viaje, en una charla de media hora, entre mates, abrazos, gritos y demás de cuestiones, nos hacían entender que nunca podríamos describir lo que realmente crecimos en todo éste tiempo. Que nadie comprendería la profundidad de las palabras que estábamos buscando para explicar lo más simple del convivir en tan distintas realidades.

Fuimos dejando de lado ésos sentimientos tan extraños, y fuimos acomodándonos entre los nuestros. Como los perros al acostarse, ya dimos las vueltas necesarias alrededor de nuestro lugar, y ahora estamos echados, sintiéndonos de acá.

Llegamos para abrazarnos con tantas personas hermosas que extrañamos en tantos lugares distintos de éste mundo. Llegamos para abrazarnos al lugar que nos vio nacer y crecer. Llegamos para abrazarnos con nuestros nuevos yo. Para aceptar el mundo en el que vivimos, cada día más y mejor. Llegamos para despedir a dos seres extraordinarios de nuestras vidas. Llegamos para entender nuevamente, que la vida es para vivirla, y para vivir se necesita coraje y mucho amor.

QUE VIVAN LA VIDA QUE LA VIDA LES REGALA!

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2 thoughts on “Hogar Dulce Hogar

  1. y sabes que es asi… volves de un viaje tan largo y te sentis tan ajeno y tan parte de ese lugar. Me hiciste acordar de mi regreso de EEUU y sobretodo, de mi vuelta de Peru. Que loco! Te quiero amiga!

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