Estar en un videojuego

Después de un sinfín de vueltas que la vida nos presentó, volvimos a Vietnam para darle la revancha, y ver cómo termina nuestra relación, si el final será feliz o no.

Yo ya puedo ir adivinando que no será la segunda opción.

Obviamente, como todo en la vida, viajando no nos encanta todo al 100% ni tampoco odiamos todo. Los sentimientos se los ponemos a situaciones, personas, lugares, pero no a un país completo ni menos con solo un mes de viaje por sus tierras. No es posible juzgar un país así. Nadie puede ser tan pasional.

Y bueno, hace muy poco que llegamos a Hanoi y, sumado a los muy pocos días que estuvimos en la capital antes de irnos, hemos visitado poco y nada de ésta enorme ciudad.

Pero la hemos andado mucho, saliendo del centro turístico, haciendo trámites aquí y allá, nos manejamos en moto, en taxi, en bus, y sobretodo caminando. Hemos recorrido más de lo que creíamos, y nos dimos cuenta que ésta ciudad merece un relato aparte.

Hà Nội debería traducirse como “ciudad del caos”. La verdad es que no sé el significado del nombre de la ciudad.

Vietnam tiene una superpoblación de motos. Comprar autos es ridículamente caro, por lo tanto el medio de transporte del país es la moto. Llevan todo sobre las dos ruedas de sus scooters, motonetas, motocicletas.

Aprovechando su pequeño tamaño, pueden llegar a trasladarse hasta 5 personas en una sola moto (es el máximo que yo he visto). Hemos visto que trasladaran: colchones, ventanas, puertas, chanchos, patos y gallinas; por las madrugadas, cuando muchos se dirigen a sus respectivos puestitos de comida, verduras, o lo que sea, los podés ver trasladando toda la mercancía sobre la moto. Hemos visto dos que además de toda una carga de verduras llevaban un cerdo muerto abierto como para el asador, entre el asiento y el manubrio.

Ésta superpoblación de motos ha hecho que los vietnamitas, en su tránsito desordenado -donde impera la bocina para avisar que atrás tuyo viene alguien, para que no hagas nada raro; o donde los semáforos se respetan hasta cierto punto (todavía no entendemos cuál es el punto)- sean más o menos organizados, y sobretodo respetuosos. No, en realidad no respetan nada, pero nunca he visto a nadie a los bocinazos y a las puteadas limpias. Ellos sólo se tocan bocina. El que avisa no traiciona.

En el caso de Hanoi, como en las otras ciudades grandes, se nota la enorme cantidad de motos que hay. Las calles, en horas pico, se ven abarrotadas de motos que vienen y que van.

La regla para cruzar la calle: cuando veas un huequito entre una moto y la otra, empezá a cruzar la calle, no vayas rápido, tampoco vayas muy lento, y sobretodo no frenes. Andá con paso contínuo y ellos irán midiendo por dónde te pasan, si por delante o por detrás, no demuestres dudas, andá seguro. Si no pueden pasar porque están rodeados de otras motos, ellos frenarán, pero si frenás vos, podés causar accidentes.

Suena súper fácil. Pero al principio, no lo es. Da miedo. Vos mirás, y ves que ellos no frenan ni aminoran la velocidad. “Me va a chocar” pensás. Y frenás. Y ahí se viene la mirada de odio del vietnamita. Lo hiciste apoyar el pie sobre el asfalto. Y ellos son chiquitos, a veces no llegan tan fácilmente al asfalto. Además, ahora tenés que buscar nuevamente otro agujero en el tráfico para poder seguir cruzando y darle el paso al de la moto que te está fulminando con la mirada.

Llegás del otro lado. Te dan ganas de frenar, agacharte y besar la inmundicia de vereda, llena de basura –éste tema será tratado en otra publicación- agradeciendo haber llegado del otro lado con vida.

Empezás a caminar por la vereda, porque no querés volver a tener un pico de adrenalina al bajar a caminar por la calle. Haces todo lo posible por trasladarte por la acera. Primero esquivas al puestito que vende souvenirs, seguís esquivando souvenirs pero tenés que pasar con cuidado porque viene gente de frente y hay algunas motos estacionadas sobre la vereda. Una vez que sorteas ésos obstáculos, tu camino se ve interrumpido por un puestito de comida y sus 4 o 5 mesitas –que para nosotros son mesas plásticas para niños con sus respectivas mini-sillitas, de las cuales después no te podés levantar- y te bajás a la calle, tratando de no ser atropellado por la señora con la bicicleta que vende frutas, o por el señor con el carro-bicicleta que te quiere llevar a dar una vuelta- entre las motos que hay estacionadas más allá, volvés a subir a la vereda, esquivando a la familia que está tomando el té sobre la vereda -porque la casa/local es muy pequeña y hacen uso de la vereda como si fuera el living/comedor de la casa- y a los vendedores ambulantes que te vienen a ofrecer o donas, o que te arreglan el zapato, o que te venden drogas, o que, o que, o que! BASTA!!!

Quiero poder caminar sin sentir que voy por un laberinto y que nunca voy a encontrar la salida! Por lo tanto, yo como muchísimos otros turistas, caminamos directamente por la calle.

Estar en Hanoi es como estar en un videojuego del Sega Family. Constantemente tenés que estar atento a los obstáculos que te aparecerán en el camino y ver cómo vas a sortearlos.

Un camión descargó todos estos maples de huevo en medio de la vereda.
Un camión descargó todos estos maples de huevo en medio de la vereda.
Las motos en la vereda. Más allá un puesto de comida.
Las motos en la vereda. Más allá un puesto de comida.

Pero en ésta ocasión, disfruto más de estar aquí porque, al igual que hace un mes, sigue lloviendo, pero mucho menos, no hace tanto frío como hacía, ahora hace calor; y a lo largo de mi día caminando por las calles de esta tan turística ciudad, veo más sonrisas de los locales.

Nada más lindo que un Vietnamita sonriendo. Se les desaparecen los ojos.

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