Un día de silencio

Hay muchas cosas para ver en el mundo, y no todas son lindas ni color de rosa. Parte del aprendizaje que nos deja el viajar es ver un poco de la historia de cada país, y ver cómo viven hoy en día.

Camboya es un país hermoso. Su gente es súper gentil, siempre predispuestos a ayudarte, a servirte, y con una sonrisa siempre a flor de piel.

Nuestra visa estaba llegando al final, pero no nos podíamos ir sin visitar su capital, Phnom Pehn (“Nom Pen”) y ver una mínima parte de la peor historia del país, una de las peores historias del mundo, pero de la que no se sabe mucho en el resto del mundo.

Camboya, como muchos de los países aledaños, ha vivido años de guerra. Guerras internas, guerras con países lejanos, guerras con sus vecinos.

Volvía a reinar la paz en las calles camboyanas, lo que marcaba el final de la guerra civil y el gobierno militar que había durado unos 5 años. Los Khmers Rouge (Jemeres Rojos) ingresaron a Phnom Pehn y fueron bien recibidos por la población, creyendo que era el final de la guerra. Pero éste grupo guerrillero, había llegado para quedarse, y diciendo que Estados Unidos iba a bombardear la zona, vaciaron la capital del país, llevando a toda su gente a los campos con la mentira que volverían a los tres días. Y así fue como el 17 de Abril de 1975, con la llegada de los Jeremes Rojos al poder, se funda Kampuchea Democrática y se denomina a ése año, como Año Cero.

Las ciudades fueron vaciadas.
Toda la población fue obligada a trasladarse a granjas colectivas, y a convertirse en campesinos.
Trabajaban entre 16 y 20 horas diarias.
Comían dos veces al día: contados con la mano, unos pocos granos de arroz, con agua.
Cerraron escuelas, hospitales, y fábricas.
Se prohibieron todas las religiones.
En el campo trabajaban todos, desde niños a ancianos, sanos y enfermos.
No existían las familias, ni los sentimientos. No se podía extrañar.
Todo lo que importaba era trabajar el campo, y adorar al Angkar (la Organización)
Se ejecutó y torturó a todo aquel que había estudiado, o que era intelectual, profesional, y a todo aquel que se lo pensaba era espía, o que tenía el potencial de socavar el nuevo estado.
Se ejecutó a todo aquél que no había seguido las reglas, incluso por infracciones mínimas.
El genocidio camboyano, se calcula, acabó con la vida de 1,7 millones de personas, aproximadamente la cuarta parte de la población. Niños, jóvenes, adultos, y viejos. Fueron asesinados, o murieron de hambre o de agotamiento.

Visitamos el Museo del Genocidio. Una antigua escuela que el régimen utilizó como cárcel, donde mantuvieron cautivos a quienes luego serían torturados hasta el punto que aceptarían haber hecho cosas que nunca hicieron, y luego se los asesinaba. En éste sólo lugar, Tuol Sleng, se dice que murieron aproximadamente 20.000 prisioneros, y de la que sólo escaparon doce personas con vida.
Visitamos los salones, donde antes se enseñaba a los seres más vulnerables de la tierra, los niños, y donde antes de que paseáramos incontables turistas por día, torturaron hasta la muerte a miles de Camboyanos  libres de pecados.
En algunas paredes, cuelgan fotos que tomaron los Vietnamitas, quienes dieron fin al Genocidio del Régimen de los Khmer Rouge, al momento de ingresar a la prisión, donde se ven los estados en los que se encontaron ésos cuartos, con cuerpos cubiertos de sangre.

Visitamos los Campos de Matanza, donde se llevaba a los presos que se querían asesinar, para luego matarlos y depositar sus cuerpos en fosas comunes. Caminar entre pozos donde se encontraron centenares de cuerpos, donde al día de hoy, por la erosión del viento, el agua y del caminar de los turistas que visitan éste lugar, surgen desde las entrañas de la tierra, pedazos de tela que fueron en algún momento ropa que vestían los presos, junto con astillas y pedazos de huesos, que se van deshaciendo con el correr del tiempo.

Eramos 6 amigos caminando por ahí, y sólo emitíamos palabras para ponernos de acuerdo en seguir escuchando la grabación que nos hacía de guía. Fue un día de silencio. De mucho dolor. De tratar de entender el por qué de semejante masacre. A su propio pueblo, sin distinguir, niño, bebé, jóven, adulto, viejo, enfermo, sano.
Y algo que tampoco entendimos, fue a toda la gente que se sacaba fotos, con las fosas, con el árbol de la muerte, o con el árbol que sirvió para poner los parlantes desde donde salían las canciones de la “revolución”, que evitaban que desde afuera se escucharan los gritos de los prisioneros, y que eran lo último que éstos escuchaban, antes de morir.

Lo importante de todo ésto, de ver el sufrimiento del pueblo Camboyano, que se ve al ver personas que les faltan una o más de sus extremidades, en saber que hay familias de las que la mayoría de sus integrantes han sido asesinados, y que muchas personas huyeron de Camboya en ése momento para regresar y no poder encontrar a sus familiares, es el ver que los Camboyanos hoy en día son unos de los seres más simples y felices que hemos visto. Están siempre con la sonrisa a flor de piel. Con Marce les hacíamos chistes y están siempre bien predispuestos a reírse, a ayudarte, a servirte. Hay mucho que aprender de ésta gente. Desde el saber vivir simplemente, con lo poco que uno necesita, y saber vivir alegremente.
Como nos dijo un chico con el que nos pusimos a hablar “nosotros no miramos hacia atrás, queremos ser mejores personas y por eso debemos dejar el pasado atrás y seguir hacia adelante”.

A continuación hay fotos que hemos tomado en el museo del Genocidio, y las únicas dos fotos que tomamos en los Campos de Matanza.

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Muestra fotografica en el Museo del Genocidio
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Trabajando los campos de arroz
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El alambrado prevenía que los presos intentaran suisidarse
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Celdas de material en las aulas
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Presos en celda general

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