Yendo a Camboya

No todos los viajes ni cruces de frontera son fáciles, ni lindos, ni bonitos ni baratos. Acá experimentamos un poquito de todo.Lo habíamos leído en varios lados. Esa es la ventaja de vivir en la época en la que vivimos. Uno busca algo en Google y lo encuentra. Tantos viajeros por el mundo que decidieron compartir sus experiencias para que otros viajen con ellos o incluso futuros viajeros tengan una ayuda extra al momento de decidir el siguiente paso.
Gracias a ésas ayudas extras de otro viajeros sabíamos que la frontera Tailandia-Camboya no era fácil, pero tampoco imposible. Sabíamos también que los agentes inmigrantes eran (son y serán) corruptos, y decidimos probar la suerte y comprobar por mano propia lo difícil o complicado del paso de frontera.
En la noche del cumpleaños del Rey de Tailandia, fue cuando empezó nuestra odisea. Después de participar del festejo que se llevó a cabo en la ciudad de Ayutthaya, donde se cerró la avenida principal por unos 10 cuadras, que se llenó de puestitos que vendían desde comida, hasta carteras, zapatos, insectos fritos, la variedad era interminable. Lo más llamativo del festejo es que el 90% de la gente usa amarillo que es el color que representa a la realeza, y lo usan desde una semana antes.
Cuando el festejo se fue muriendo, a eso de las 12 de la noche, nos tomamos un tuk tuk que nos llevó a la estación del tren, donde dormimos una hora en los asientos de madera, hasta que llegó el tren.
De ahí hasta la frontera nos tomamos 2 trenes, con asientos rectos, sin aire acondicionado, con todas las ventanas abiertas y con mucha mucha gente, en las estaciones pudimos dormitar poco y nada en sillas plásticas. No fue un viaje de ensueño, pero sí que supimos disfrutarlo. Ver cómo los que venden comida/bebidas en el tren lo caminan incansablemente durante todo su trayecto; ver también cómo a pesar de estar en un país al otro lado del mundo, con una cultura distinta y otra religión, la mayoría de la gente viaja hipnotizada a la pantalla del celular, mirando quién sabe qué.

Llegamos a la frontera en la parte trasera de un tuk tuk. Nos dejó en la puerta de las oficinas de Inmigración de Tailandia. Seguimos los pasos de unos viajeros que tenían un guía que les indicaba el camino a seguir, pero estuvimos seguros que ése era el camino ya que el cartel indicaba “Pasaporte extranjero”. Hicimos la fila, nos sellaron el pasaporte y salimos para encontrarnos con un mundo distinto al que esperábamos.
En los pocos viajes que hemos realizado, las zonas de frontera son áreas vacías de vida, donde uno viaja de una oficina a la otra, cruzando el límite de los países. En éste caso, el límite que divide los países, entre las oficinas de inmigración de cada país, había una ciudad, con tráfico de motos que llevan gente de un lado para el otro, con gente gritándote que te brindan ayuda (leímos en varios blogs “no hagan caso y sigan caminando”).
Caminamos sin rumbo pero sabiendo que debíamos hacer caso omiso a los que nos decían que nos querían ayudar, y seguimos los pasos de los otros viajeros que tenían guía. Así llegamos a la oficina de Camboya, y nos pusimos en las filas para que nos sellaran los pasaportes. Estuvimos haciendo la fila unos 20 minutos, hasta que por preguntar a otros nos dimos cuenta que no teníamos que estar ahí porque no teníamos la visa que nos permitía entrar a Camboya. Así que salimos al quilombo, para ver dónde conseguíamos la visa. Acá es donde empieza nuestra vivencia “mano a mano” con la corrupción.

Llegamos a una “oficina” (como una parada de colectivo con ventanas) que tenía un cartel que decía “Información Turística”, donde trabajaban 3 policías.  El policía que estaba por fuera de la oficina nos pregunta si queremos la visa, le decimos que sí y nos dice “Pagan u$45 cada uno y hacemos los papeles y les traigo el pasaporte con la visa” Habíamos leído en que si la sacabas por internet la visa te salía U$35, y le peliamos un poco para ver si nos bajaba el precio. Pero el Don sabe que el viajero necesita la visa para seguir viaje así que es imposible doblegarlo, por lo que “el chamuyo” para regatearle el precio, fue en vano.
No entregamos nuestro dinero ni pasaporte, hasta que no vimos que otros viajeros que pagaron, después de esperar unos minutos, se reencontraron con sus pasaportes en forma y con la visa prometida.  La espera se sintió larga, pero el policía volvió con nuestros pasaportes debajo de su camisa, como haciendo algo que no se debía, y con la visa, que minutos después en otra oficina nos estaban estampando con un sello, dándonos el ingreso a Camboya.
El viaje desde la frontera hasta Siem Reap no fue tan agradable. Un bus “gratuito” te lleva hasta la terminal de buses, donde sólo podés comprar los tickets de ésa empresa, y como está en el medio de la nada no hay alternativa, y ésa empresa después de viajar por unas  6 horas en un tráfico de locos, te deja en la terminal del ómnibus que no queda en el centro de la ciudad por lo que tenés que pagar un tuk tuk para que te lleve hasta el hotel.
No fue nada de lo que no sobrevivimos, y que ahora es una de las tantas anécdotas que viajar itinerantemente, o vagamundeando, te regala.

Después de un ingreso sin fuegos artificiales, Siam Reap nos dio la bienvenida, y sí que disfrutamos nuestra estadía en ésta ciudad. Nuestro hospedaje estaba cerca del centro por lo que caminábamos para todos lados, disfrutábamos de la vida céntrica diurna, y de la vida caótica nocturna.

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Una noche nos alquilamos unas bicis y nos preparamos con proviciones ya que al día siguiente visitaríamos las Ruinas de Angkor Wat, razón por la que la ciudad es visitada anualmente por 2millones de personas.

A las 6 de la mañana nos levantamos y después de un desayuno medio caótico porque la confitería donde desayunamos estaba a medio abrir y no tenían todo preparado para atender, nos subimos a la bici y empezamos a pedalear para ir a visitar el parque de las ruinas.
Poco podemos decir de las Ruinas, porque fuimos sin guía -qué mal que habla de nosotros eso, que siendo guías fuimos sin uno; pero nos pasó en Machu Picchu, pagamos por un guía, nos pusieron a otro que no tenía ni idea de lo que estaba hablando; uno se quema con leche, ve la vaca y llora – pero fue un día que disfrutamos de principio a fin.
Mas o menos hicimos unos 30km en bici, bajo unos agobiante 30° de calor, pero que bien valió la pena. Fuimos a nuestro ritmo, hicimos las ruinas que queríamos y nos quedamos hasta el atardecer, creo que las fotos hablan por sí solas, y así y todo, se quedan cortas con la belleza de las Ruinas. Lo que no es bello es la cantidad de gente que hay visitándolas diariamente, pero eso no se puede cambiar.
Emprendimos el regreso cuando estaba empezando a caer la noche, y los autos debían andar con las luces prendidas. Salir del parque fue lo mejor. El tráfico iba muy lento, por la cantidad de vehículos tratando de salir. Nosotros en nuestros vehículos a tracción sangre, nos dimos un banquete, pedalenado a toda máquina dejando muchos autos atrás, y riéndonos de lo fácil que es ser feliz. Todo el camino fue así, incluso en la ciudad, el caos vehicular nos hizo de parque de diversiones y nos sentimos como niños andando en bici; incluso Marce corrió una carrera con un chico en una moto y ganó Marce!
Ésa es una de las cosas que el viaje te recuerda cada tanto: Sé libre y feliz como un niño.

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