Todo concluye al fin…

Había llegado el momento que todos los viajeros que venimos a Nueva Zelanda queremos, RENUNCIAR al trabajo para seguir viaje. Obvio que todo momento que tenga que ver con la palabra renunciar, a mí Cintia, me encanta; pero ésta vez era distinto. Renunciar al trabajo y seguir camino tiene su daño colateral, renunciabamos también al estilo de vida parsimonioso y relajado que teníamos, a todas las reuniones con amigos que surgían cada día, al conocer las caras del 99.9% del pueblo y al hacer fiestas latinas en los bares. Pero bueno, por más que doliese había que seguir camino. Del momento que renunciamos a nuestro trabajo, teníamos 45 días para dejar el país, así que salimos a la ruta para exprimirlos.

Antes de comenzar el relato, debemos aclarar algo. Nueva Zelanda no nos engatuzó como pensabamos que nos iba a engatuzar. Tiene muchos atractivos, desde el simple hecho que en tan pequeño país hay tantos paisajes diferentes, pero lamentablemente para nosotros, nacidos en Bariloche, han sido muy pocos los atractivos que nos maravillaron de ésta isla.

En Te Anau, el primer destino, convivimos con Lois, una señora que nos alquiló la habitación libre de su casa, y al momento que nos decidimos hacer una caminata nos dio una mano llevándonos del centro hasta el comienzo de la caminata para que no tengamos que caminar, una capa.
Intentamos hacer una caminata de 4 días, el Kepler. Salimos tarde pero seguro y llegamos al refugio para ver el sol poniéndose detrás de las montañas y las sombras de las mismas sobre el valle.
Después de una noche con mucho viento y un poco de frío, nos despertamos para descubrir que afuera estaba lloviendo, así que decidimos tomárnoslo con calma. Después del mediodía vimos que la lluvia iba calmando así que empacamos nuestros petates y salimos caminando para la cima. Salimos con sol y unas nubes dando vueltas. Cuando llegamos a la cima poco a poco empezó a granizar, nada para preocuparse. El problema fue cuando dimos la vuelta al pico de la montaña,  el granizado aumentó y las nubes nos encerraron sin dejarnos ver el resto del camino. Un poco resignados decidimos volver al primer refugio, y cuando estabamos llegando, salió el sol, que mucho no duró porque mientras cenabamos veíamos la increíble tormenta de nieve y viento que había detrás de las ventanas.
A pesar de no haber podido hacer todo el recorrido como habíamos querido, disfrutamos mucho de la caminata, vimos bosques, cosa que extrañabamos, paisajes muy lindos, y los 4 climas en un sólo día.

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No podíamos quedarnos más tiempo ahí arriba porque al día siguiente que bajamos teníamos la excursión ya paga para el crucero de Milford Sound. El día de la excursión intentamos hacer dedo para viajar de Te Anau al puerto de Milford Sound, pero no tuvimos éxito. Viendo que el tiempo se nos escurría entre los dedos y que teníamos una hora y media de viaje hasta destino, dejamos de lado la facilidad del dedo, para alquilar un auto y salir a toda máquina (no se asusten, en NZ el máximo de velocidad es 100k/h y el camino es muy sinuoso) para alcanzar el barco.
Alcanzamos el barco, bah, en realidad alcanzamos a verlo partiendo de puerto cuando nosotros recién estabamos estacionando nuestro tutú alquilado. Fuimos con pocas esperanzas hasta el mostrador de la empresa y mostramos nuestro ticket “si, su barco partió hace 10 minutos” “si, es que tuvimos un percance en el camino” “si, no hay problema, pueden subir al barco siguiente que es del mismo valor, o pueden pagar la diferencia (de 7 dólares) y subir al barco de experiencia natural”. Sin dudar pagamos la diferencia y salimos a esperar a que sea la hora para embarcar.
Almorzamos acorralados por los mosquitos y salimos para el puerto. El barco era un barco mucho más chico que los normales, y hacía media hora más de viaje, unos kilómetros más de recorrido y nos contaron de fauna, flora y geología, cosas que nos encantan. Lo mejor fue que el barcó pasó por debajo de una cascada momento en el cual mucho corrimos alrededor del barco escapando de la empapada y otros tantos no pudieron/quisieron y terminaron empapados.
Lo mejor de ése día no fue la excursión en barco (que dicho sea de paso, resultó muy familiar a la excursión de Puerto Blest en territorio Argentino) si no que fue el regreso desde el puerto hasta el pueblo de Te Anau, ya que el camino va por valles entre las montañas, que desde el nivel 0 del mar suben hasta los 2500 metros. Te hace sentir insignificante estar parado en el valle, mirar para arriba y ver ésas enormes montañas macizas que sentís que se te vienen encima. Lo lindo fue también que la mayoría de la gente cuando regresa al hotel no para, porque paran en el sentido contrario, lo que significó que en cada parada que hicimos habían como mucho 10 personas dando vueltas, dejando que el silencio del bosque y las montañas se disfrutara.

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ahí en el medio de las montañas, en el fiordo, se ve un barco de excursión como para 400 personas. Se ve chiquito, no?

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Después de tanta hermosura nuestro recorrido continuó a dedo para reencontrarnos con nuestra compañera de aventuras, nuestra camioneta, que estaba siendo cuidada por un loco de la vida que nos abrió las puertas de su casa cuando su trabajo principal es hospedar a la gente en su camping, y capaz porque le dimo bola a pesar de su locura, y de sus habladurías que nos mataban de la risa, no nos quiso cobrar ni nuestra última noche en su camping ni la guardería de Arahura. Cosas locas de la vida, que estando en viaje uno abre el corazón y la mente para que le sucedan. No levantemos paredes, bajemos la guardia y abramos el corazón a que la gente nos sorprenda con amor. Bueno, me fui por las ramas.

Después del reencuentro nuestro camino continuó por la reserva natural de la costa sur de la isla sur, The Catlins. Ésta reserva con cada lugarsito nos maravilló. Encontramos la lejanía y la soledad que no sentimos en ningún lugar de Nueva Zelanda. Capáz que como el clima no era el mejor, o no sabemos por qué pero no había mucha gente haciendo el recorrido, y así pudimos disfrutar de muchos silencios en lugares que sólo se aprecian con el silencio  mental, y con el sonido del viento en la cara. Visitamos costas muy accidentadas, donde los pastizales eran muy bajos y los árboles no crecían derechos por la lucha constante contra el viento. Pararse ahí y ver que más allá no había nada, y saber que del otro lado está la Antartida nos dio una felicidad infinta inexplicable.

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En el siguiente destino, Christchurch, vendimos la van. Otro momento lleno de alegría y melancolía. A partir nos liberamos de ciertas responsabilidades y nos sentimos un poco más libres. Tan sólo debíamos levantar el dedo cerca de la ruta y algún alma con espacio en el vehículo nos llevaría hasta destino, o a medio camino.

En Christhchurch pasamos una semana, conviviendo con John, a quien contactamos por medio de Couchsurfing, y nos permitió quedarnos en su casa por esos días sin pagar nada. Definitivamente debíamos visitar ésa ciudad, que fue epicentro de un gran terremoto en el año 2011, pero no es un lugar donde me quedaría tanto tiempo. Hay terrenos vacíos en todos lados, muchos edificios esperando ser derrumbados, y muchos, pero demasiados conos naranjas indicando los caminos cerrados, las calles que están siendo remodeladas y todo eso en conjunto con el tráfico de una gran ciudad.

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De Christchurch volamos a Wellington, a la isla Norte. Visitamos el monte de la ciudad, caminamos por aquí y por allá y visitamos el Museo Te Papa que es increíblemente gigante, tiene 6 pisos con temas muy variados, desde fauna, historia, terremotos, una exposición de dinosaurios, etc. No alcanzamos a visitarlo completamente, es imposible, pero sí disfrutamos de unas 4 horas dando vueltas.
De Wellington salimos en tren hasta Carterton, donde nos reencontramos con Petra, Gordon y Rhiann, una de las familias que nos hospedó cuando nuestro viaje, hace un año y poco más, recién empezaba. Lo mejor del reencuentro, fue la sensación de estar en familia, de sentirnos en casa, aunque algunas cosas habían cambiado porque estaban remodelando la casa, la tranquilidad de conocernos y no tener que pedir permiso para ciertas cosas simples, fue relajante. Después de 2 días en familia, seguimos nuestro viaje a dedo.

De todos los viajes que hicimos a dedo, sólo una mujer nos levantó el resto fueron todos hombres. Con cada uno que nos paró veíamos quién de nosotros dos iba adelante. El que va adelante charla, el que va atrás relaja. En éste tramo, nos tocó hacer dedo 3 veces, el primer Don nos invitó a su casa a almorzar, y después de compartir el almuerzo con él y su mujer nos llevó hasta la ruta donde continuamos viaje; y en ésta ocasión los otros dos señores que nos levantaron resultaron ser muy interesantes. Uno era viajero, o había viajado en su momento y ahora trabajaba como cualquier mortal. Pero en sí él era muy interesante. Y el otro era estudiante de Psicología, pero lo impresionante era los lugares donde había trabajado (la cárcel, casas para personas con problemas motrices, casas para rehabilitación de las drogas, entre otras), y las experiencias de vida que ésos lugares le habían brindado. El hacer dedo no es sólo ahorrarse el ticket del bus o el combustible del auto, es el que alguien te abra las puertas de su coche, y uno se suba con las ganas de conocer a ése ser, en ése pequeño tramo de la vida.

De Taupo voy a hablar poco y nada porque las dos veces que fuimos a hacer una caminata al Tongariro, nos llovió y no pudimos hacer nada. Ésta vez lo distinto fue que sin haberlo planeado nos encontramos con nuestro amigo Milo. Compartimos una cena y un desayuno, que hizo que ir a Taupo valiera la pena.

Ante última parada, visitamos la familia Grilli, una forma de despedida, y de agradecimiento por todo lo que nos habían brindado y nos brindaron en ésta última reunión. La misma sensación de relajación y de estar en familia. Nos fuimos con una sonrisa en el alma.

Y terminamos los saludos con la familia que más nos tocó el alma. Peter y Angela nos trataron la primera vez y ésta segunda, como sus hijos. Los ayudamos con todo lo que pudimos pero siempre estuvieron atentos de que estuvieramos bien. Nos invitaron a pasar el fin de semana a la costa y no pudimos negarnos. Esperamos volver a verlos, y que vayan a Argentina, como prometieron, para ir a vernos.

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En Auckland, nos tocó ir a buscar una camioneta que nuestro amigo Lucas había alquilado, para hacer un viaje por Northland por 6 días con estos personajes de nuestra vida: Ale, Pablín, Luque, Maka y nosotros dos. En el primer tramo también se sumó Emilie, con su auto.
Hicimos toda la punta norte de la isla norte. Pensé que nos iba a tocar calor para disfrutar de las playas de toda esa zona. Pero no. La lluvia nos amenazó cada día, pero por suerte fueron solo amenazas y nunca nos perjudicó el viaje, ni la dormida en carpa.
Fue un viaje muy austero en gustos. Dormimos la mayoría de las noches en campings, 3 en la carpa, y 3 en la camioneta que reclinábamos los asientos y así nomás dormíamos. Todas las comidas fueron en comunidad (Porque sino ¿cuál es la idea de viajar en grupo?) hacíamos cadenas de producción, o nos turnabamos para hacer las diferentes tareas. Estar en las ciudades era un caos, siempre tardabamos un poco más de lo que queríamos, pero una vez llegado al campamento era todo disfrute.
Fue un lindo viajesín entre amigos, como para darle un cierre, para 4 de nosotros que dejamos Nueva Zelanda, al terminarlo. Fue complicado por momento meter a 6 en un auto para 8, y cada uno de éstos 6 con mínimo una mochila grande y una pequeña, sumado a 2 guitarras, 2 ukuleles, y las ollas y comida. Fue toda una aventura.

Y a pesar de que después de éste viaje cada uno salió para lados distintos, tengo la certeza que nos volveremos a ver, y que a pesar del paso del tiempo y las distancias, el haber convivido en Wanaka y el haber viajado juntos harán que la amistad sea por siempre la misma.

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